jueves, 1 de septiembre de 2011

Entre cuerpo y pensamiento



La producción editorial en México sobre la danza escénica es sorprendente y no tiene equivalente en América Latina y tal vez tampoco en el mundo. No sólo es destacable el número de publicaciones que ven la luz anualmente, como resultado de proyectos desarrollados en centros de investigación, universidades y otras instancias, tanto públicas como privadas, sino especialmente el empeño por configurar un perfil sólido, amplio y diverso de la dinámica actividad generada alrededor de la danza artística en esa nación.

El libro La coreografía: Graciela Henríquez cuerpo/movimiento/pensamiento (Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, 2010), de la investigadora María
Cristina Mendoza Bernal, presentado hace pocas semanas en la Ciudad de México, reviste particular significación por cuanto está dedicado al análisis de la obra de la notable creadora venezolana a lo largo de sus 50 años de residencia mexicana. A través de este texto, la autora no se propone una biografía de la artista, sino una valoración del camino transitado por ella durante el último medio siglo e incluso antes, ya que ambién hace referencia a sus inicios como bailarina de danza clásica en los salones del liceo Andrés Bello de Caracas, hacia finales de los años cuarenta, su desempeño como
primera figura de esa especialidad y su giro radical hacia la danza contemporánea.

La publicación de Mendoza Bernal inicia con un perfil de Graciela Henríquez, no sólo sucinto sino singularmente acucioso y revelador. Ciertamente, la personalidad de la bailarina queda perfectamente descrita, en toda su vehemencia y vitalidad. La estructura del texto -atípica en este tipo de narraciones- continúa con un ensayo filosófico y estético que busca servir de marco teórico para el subsiguiente estudio de la obra creativa de la coreógrafa.

En 6 capítulos se aborda el mundo de ideas, imágenes y formas que han conducido a Henríquez por los laberintos (en ella mucho más intrincados) de la coreografía profesional, primero orientada por los parámetros del abstraccionismo del movimiento, luego inmersa dentro de un particular y genuino expresionismo femenino, hasta, finalmente, penetrar, con ironía y humor en los modos gestuales extraídos de la cultura urbana, específicamente la del Distrito Federal y proponer una visión contemporánea de algunos de los mitos nacionales de la historia de México.

Al dar cuentas de las andazas individuales de Graciela Henríquez, la investigadora Mendoza refiere, igualmente, el devenir de la danza escénica mexicana en la segunda mitad del siglo XX, así como las acciones de sus protagonistas y sus correspondientes contextos sociales y políticos. Las obras referenciales de la creadora -Invenciones, Gymnopedias, Mujeres, Tropicana’s, Las tardes de Salomé, La bolivariada, Radioranzas, Presagios, Visiones- reciben un tratamiento cronológico y somero.

Aparte, Oraciones, icono por excelencia de Henríquez, es objeto de un análisis científico, tanto desde el punto de vista de la composición como del estudio de los rituales sincréticos sobre la búsqueda amor que le sirven de base conceptual.

La coreografía: Graciela Henríquez cuerpo/movimiento/pensamiento exalta la labor de la bailarina venezolana en el ámbito mexicano. El reconocimiento es apropiado ya que forma parte de su historia. Ostenta doble nacionalidad, aunque en realidad pertenece al mundo.

Carlos Paolillo
publicado en El Nacional. cuerpo escenas
Caracas 17 de agosto 2011

Nostalgias e impulsos

Las distintas etapas por las que ha atravesado el Ballet Teresa Carreño a lo largo de sus 32 años de existencia, han correspondido a situaciones concretas en su desarrollo como proyecto cultural y a los modelos de orientación artística y de gestión institucional que ha experimentado. La recién culminada temporada de esta compañía presentada en la Sala Ríos Reyna, más allá de si misma, permite una valoración de su trayectoria, sus contextos, así como de sus aportaciones y también de sus debilidades.

En 1979 la Fundación Teresa Carreño estrenó un cuerpo de ballet destinado a participar en las temporadas de ópera producidas por la institución, además de acompañar a notables figuras internacionales de la danza clásica invitadas para participar en montajes parciales del repertorio del ballet académico universal. Nureyev, Vasiliev, Maximova y Bujones, entre otros célebres nombres, dieron una primera notoriedad al inédito conjunto que se sumaba a la actividad de danza clásica profesional del país, junto al Ballet Internacional de Caracas y el Ballet Nacional de Venezuela, ambos ya cercanos a su extinción.

Un segundo momento, a partir de 1982, bajo las directrices del bailarín cubano estadounidense Enrique Martínez de importante desempeño dentro del American Ballet Theatre, buscó la consolidación del conjunto y la superación del nivel juvenil y su acceso al definitivamente profesional. Tiempo en el que el estudiante Julio Bocca formó parte de su elenco y Zhandra Rodríquez y otras primeras figuras latinoamericanas fueron sus célebres invitados.

Dos años después, desde 1984, se iniciaría la era de Vicente Nebreda en el Ballet Teresa Carreño. El coreógrafo venezolano que venía de alcanzar una notable reputación nternacional, orientó a la compañía con claro personalismo por los caminos del ballet neoclásico y contemporáneo, al igual que propuso una revisión personal de los clásicos. Cerca de dos décadas duró esta suerte de hegemonía creativa que se convirtió en impronta.

El fallecimiento de Nebreda y nuevos cambios institucionales ocurridos en el seno del Teatro Teresa Carreño, dieron inicio a un periodo, alrededor de 2004, en el que se propuso enfatizar, casi exclusivamente, en la tradición romántica y clásica del siglo XIX y en las obras del incipiente neoclásico de la modernidad, sin contar con una voz oficial en las funciones de dirección artística.

Una nueva transición organizacional operó en 2010 y otra etapa parece abrirse para el Ballet Teresa Carreño, dentro de la cual está inscrita la temporada cumplida la semana pasada, la cual inesperadamente y tal vez con algo de nostalgia, volvió su mirada casi 30 años atrás, justo a la segunda etapa de la compañía, representando Baile de graduados (música de Johann Strauss II), obra del coreógrafo de origen ruso David Lichine dado a conocer con los Ballet Rusos de Montearlo, estrenada el primero de marzo de 1940 en Sidney, Australia, diversión escénica hoy convertida en una referencia en materia de formación de bailarines, donde el hallazgo más significativo estuvo en los roles de carácter interpretados con maestría por Héctor Sanzana (“La Directora”) y Javier Solano (“El General”) y Divertimento de Coppelia (Saint Léon- Delibes, París, 1870), en versión de Enrique Martínez, que presentó a dos bailarinas relevantes: Alejandra Martínez, ya plena y Danizza Sabino, ascendente.

De las revisiones nostálgicas del Ballet Teresa Carreño y de la apuesta por el futuro,quizás surja un nuevo impulso necesario.



Carlos Paolillo
publicado en El Nacional. cuerpo escenas
Caracas 10 de agosto 2011